TANTA INTEMPERIE «Claudia Casarino»

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Condensación y síntesis son operaciones poéticas capaces de suscitar una experiencia más intensa de lo cotidiano. Bajo ciertas fórmulas, algo como el vestir, tan cifrado por el hábito, puede adquirir una apariencia inadvertida. Las confecciones, los gestos y las aproximaciones de Claudia Casarino en torno al vestido recurren con frecuencia a funciones poéticas que enfatizan el carácter político, la espectralidad o los dramas de unas ropas vacantes, que invocan ausencias —desde la transparencia, la levedad o la rustiquez de los materiales—; o mediante deformaciones que traicionan el uso y permiten imaginar lo irrepetible.

En Tanta Intemperie Casarino recorre territorios de la sociabilidad y la filiación masculinas, marcadas indeleblemente por la intensidad de la explotación. Su punto de partida son los rigores de los yerbales, cuyos trabajos y sistema económico modificaron cuerpos al punto que la cifra de un esfuerzo desmesurado o las heridas de la sumisión fueron capaces de convertirse en artefactos que reproducen un vasallaje; o, por el contrario, se desvían y producen otros.

Confeccionadas con textiles más duros que los frecuentes tules de Casarino, con sus formas austeras, estas camisas acentúan ecos de funcionalidad por sobre cualquier carácter ornamental; aunque, ciertamente, en el contexto de los trabajos a los que pueden estar destinadas, las camisas atraviesan muchas funciones: tapabocas, contenedores, cubrenucas, atados, camisas propiamente dichas; cada una con su propio horizonte de significados y destello poéticos.

 ¿Qué es, pues, el patrimonio? El sentido de reproducción y serialidad recogido por estas obras invoca no apenas lo estrictamente hereditario: los puentes humanos que vehiculan una memoria genética a través del tiempo, hasta cualquiera de sus segmentos; se trata además de las economías que transforman con el peso innoble de la explotación estas prendas vacantes de cuerpos —algunas llenas de yerba, otras impresas con tierra y oro—, y que guardan en sí sus propias estrategias de duración.

Las piezas de Casarino presentan una escala menor con relación a su uso posible; por lo menos, el considerado más frecuente. Sin embargo, aunque los impliquen, las proporciones no se refieren a los niños, o más precisamente a su fuerza de trabajo. En las escalas y en la deformación se puede leer lo empequeñecido de ciertos cuerpos, su maleabilidad o resistencia, cuando son sometidos a la intensísima presión.

A la intemperie, descamisados, ciertos cuerpos construyen en la tierra —esa piel de abajo— algún sustento que los enfrenta a la oposición entre materias innobles y los destellos más preciados. Pero quizás el más duro de los cansancios para el que se busque reposo no sea el de las fuerzas brazales, sino el de una memoria que, ya exhausta, merece no ser repetida.

Damián Cabrera
Agosto de 2019

Claudia Casarino nació en Asunción.

Estudió en el ISA de la Universidad Nacional de Asunción y cursó estudios en las ciudades de Nueva York y Londres.

En su obra trabaja desde lo conceptual reflexionando sobre cuestiones de género y la conciencia del cuerpo —puesto en tensión por fronteras y tránsitos forzados—. Su trabajo se ocupa de interpretar el universo de la mujer como sujeto de transformación social.

Expone desde el año 1998 y lo ha hecho en 5 versiones de la Bienal del MERCOSUR, la Bienal de la Habana, de Tijuana, de Busán, de Cuenca, de Curitiba, Argelia y de Venecia, así como las trienales de Santiago y Puerto Rico, y en diversas muestras en galerías, museos y centros culturales de Asunción, Santiago, San Pablo, Buenos Aires, Bogotá, Madrid, Barcelona, Milán, Amman y Londres, entre otros.

Su trabajo está incluido en las colecciones del Museo del Barro, Victoria & Albert de Londres, BID de Washington DC, Spencer Museum de Lawrence, CAAM, Las Palmas. y Casa de las Américas de la Habana.

Es directora de la Fundación Migliorisi.